Mario Soto. La coherencia de una idea

Myriam Goluboff

 

Encuentro

 

Conocí a Mario en 1956, cuando fue mi profesor en el taller del Arq. Poyard, donde cursé tercer año de Proyectos.

Al año siguiente era adjunto, también de Poyard, en el curso que se desarrollaba para primer año en el edificio de la calle Independencia; por entonces yo era ayudante alumna en la misma cátedra pero en el taller del Arq. Yantorno. Allí trabamos amistad a raíz de nuestro común interés por la ciencia ficción. Mario gustaba contar cómo, cuando vivía en Tucumán, hacia 1952, iba a caballo por las noches a visitar a una amiga, y se paraba bajo las estrellas con el abrigo vuelto del revés, esperando que los platos voladores llegaran a buscarlo. Soñaba con la vida en otros mundos. Leía Más allá, una publicación que traducía casi de inmediato todo lo que se producía de ese género en  aquel momento.

Pero nuestra intensa conexión comenzó cuando yo estudiaba Hierro y Madera con Jorge de la Vega en 1960, en el altillo del estudio de Mario y su socio Rivarola, en la calle Oro. Allí, donde Jorge tenía su lugar para pintar, surgió una relación pasional —algo no extraño en el Mario de aquellos años, pero que en este caso devino profunda—, que con el tiempo se convirtió en convivencia, en paternidad, en militancia y en exilio común.

Esta circunstancia hace difícil para mí hablar de Mario sólo como arquitecto, aunque éste sea un libro de arquitectura. Intentaré mostrar cómo algunas de sus características personales se expresaban en su quehacer profesional.

 

Personalidad

 

Mario era un ser apasionado y con gran sentido lúdico de la vida.

En las reuniones de organización del Frente de Arquitectos previas al Congreso de la UIA en 1969, Mario, que no soportaba los discursos largos, el dar vuelta los problemas eternamente, pasaba el tiempo dibujando herramientas inútiles. El arq. Estrin, docente del taller en 1966, recuerda cómo se mostraban las “figuritas” durante las interminables discusiones.

Ese mismo espíritu ya se había manifestado en Tucumán, hacia el año 1951, cuando Mario intentó lanzar una gata al espacio introduciéndola en una canasta a la que pensaba atar una enorme cantidad de globos. O cuando uno de esos globos, que había quedado a media altura, con una pequeña pesa en la punta del hilo,se paseaba por la casa y bautizado como “el tío Bloblo”, tenía su sitio en la mesa…

En las reuniones, gustaba definir los temas con rapidez y tomar las decisiones rápidamente. Luego hablar en forma distendida, no académica, expresando ideas, preocupaciones espaciales, conceptos que elaboraba sobre una enorme cantidad de temas. Ésta era su forma de comunicarse en todas las circunstancias, toda ocasión era buena para evocar alguna de sus reflexiones y teorías.

Él era consciente de esa, su forma de ser. Tan es así que la tenía definida como “ser gallego”. Clasificaba a la gente según dos categorías: "polaca" y "gallega", no por su procedencia sino por su estructura mental y actitud. Eran polacos los sistemáticos y dogmáticos. Los gallegos eran los creativos, los que buscaban y veían otra realidad más allá de la evidente y encontraban soluciones a través de postulaciones o razonamientos no lineales.

Tenía una autoridad natural que nunca se manifestaba dando órdenes, sino por el respeto que lograba de la gente que trabajaba con él. Esta faceta de su carácter  ya se había manifestado durante su adolescencia en el Liceo Militar, donde cursó la enseñanza secundaria. Allí, por las tardes, tenían formación militar después de las materias curriculares. Mario contaba que en aquella época daba sus voces de mando con voz natural, no necesitaba gritar para que le obedecieran.

Esa experiencia del Liceo lo llevó a considerar las armas como parte de su vida. En su casa tenía varias y, de acuerdo con su cultura militar, alguna estaba siempre cargada. De aquella época le había quedado el hábito de cuidarlas y limpiarlas así como también acostumbraba sentarse con una piedra y pacientemente afilar los cuchillos de la casa y las navajas de su colección. Pero también un visión muy crítica que se expresa en estas palabras encontradas en el “corbusiómetro” del concurso de la Biblioteca Nacional.: “ Educación militar: predominio fisico. Educación civil : predominio mental . Civilmente se busca desarrollo de la mente y el físico, cosa que fortalece el desarrollo social. Militarmente se busca el desarrollo físico y anulamiento mental cosa que desarrolla el espíritu castrense.”

 

 

La lumpera

 

Su casa-estudio en la esquina de Anchorena y Juncal, tanto por su expresión espacial, como por lo que ocurría adentro, era una manifestación de su personalidad.

Mario, heredero de las costumbres de su padre, cocinaba muy bien, y gustaba hacerlo para gran cantidad de personas, elaborando unos guisos alrededor de los cuales se hablaba durante horas, muchas veces completado el ritual con la tan argentina partida de truco. Toda ocasión era buena para eso. Muchos amigos recuerdan todavía cuando nos reunimos alrededor de uno de aquellos guisos, frente a la TV, para ver la llegada del hombre a la Luna. También “hacía platea” (como solía decir) con la gente del estudio para ver los partidos de fútbol importantes.

Ese hablar alrededor de la mesa se prolongaba durante horas. Y Mario siempre estaba con el cigarrillo entre los dedos, o con el vaso en el que iba lentamente bajando su botella de whisky.

En el estudio —al que cariñosamente llamábamos “la lumpera“— se hicieron toda clase de reuniones: largas noches dibujando concursos; un constante lugar de visita de amigos o peregrinación de alumnos; ámbito de discusión de temas sociales y políticos; improvisado cine donde se proyectó desde el entresuelo, sobre la amplia pared de la ochava, la película “La hora de los hornos” de Solana, cuando eso era algo prohibido.

También se reunían una vez por semana, sistemáticamente, durante 1968 y parte del 69, un grupo de profesionales de distintos ámbitos y de un amplio espectro ideológico dentro de la izquierda, para el comentario de libros y el análisis de temas teóricos y de actualidad.

Hacia 1969, a medida que Mario fue profundizando su posición política, comenzaron a aparecer personas pertenecientes a sectores de una izquierda más radicalizada —algunos de ellos miembros del FATRAC, Frente Antiimperialista de Trabajadores de la Cultura— o militantes de movimientos revolucionarios.

 

Espíritu rebelde

 

El gran compañero de infancia y primera juventud de Mario fue su abuelo materno, que lo llevaba con él a los bares y le hablaba de hombre a hombre, contándole sus experiencias como trabajador en la construcción del canal de Panamá. La influencia de ese abuelo agnóstico y liberal, que esperó que su nieto volviera de Tucumán para morir, equilibró el espíritu religioso de la madre.

Como consecuencia de su actitud rebelde, Mario fue expulsado en el último curso del Liceo, pero luego, a instancias de los profesores civiles, fue reincorporado, por lo que pudo completar allí sus estudios.

Su natural espíritu liberal y contestatario hizo que los alumnos militantes de grupos políticos de izquierda lo invitaran a participar en el Congreso de la UIA en Cuba en el año 1963. A raíz de esa experiencia impactante, sobre todo por el contacto directo que allí tuvo con el Che Guevara que recibió distendidamente a la delegación argentina, es probable que se acrecentara su conciencia política.

A partir de 1966, año de la renuncia de docentes de la UBA , aumenta aún más su interés por el pensamiento revolucionario y su voluntad de participar en la lucha política

 

Ese año de 1966, antes de “la noche de los bastones largos,” se suponía que los alumnos de Derecho iban a tomar la Facultad de Arquitectura. Mario organizó, con un grupo de alumnos, la resistencia. Los de primer curso estaban apostados en el entresuelo de la gran nave donde funcionaba en ese momento la Facultad, cada uno con un banco en la mano dispuesto a repetir la hazaña de las invasiones inglesas. La situación era de gran tensión y también se habían llevado armas. Pero nada de eso hizo falta: el mero hecho de saber que Arquitectura estaba en pie de guerra frenó el intento y nadie llegó a entrar, entonces, en nuestra Facultad.

Ese mismo año, se vio también a Mario en la manifestación de estudiantes de Arquitectura cuando  se fue a dar clase en la estación de Retiro, como protesta a raíz de un posible envío de fuerzas a Santo Domingo.

 

Durante el Congreso de la UIA, en octubre de 1969 en Buenos Aires, grupos de arquitectos se organizaron a nivel de toda la República. Se realizaron reuniones en distintas ciudades del país. La intención era crear un movimiento de opinión y de presión para modificar la estructura del Congreso. Ésta se basaba en ponencias que sólo permitían el pase de imágenes, sin plantear discusiones de fondo para un tema tan candente como el de la "vivienda de interés social” (“Vivienda: deSinterés social”, como rezaba el cartel alternativo que se había preparado). La idea era generar una dinámica de discusión en comisiones. Se planteó que alguien debía arrebatar el micrófono al Presidente del Congreso durante el discurso de inauguración, y arengar a los participantes para provocar el cambio. Ese alguien fue Mario Soto.

 

Acercamiento a la arquitectura

 

La vocación por los estudios de Arquitectura no surgió espontáneamente en su vida. Él pensaba estudiar Física, pero un profesor del Liceo le aconsejó que siguiera Arquitectura por su facilidad de expresión como dibujante.

Mario siempre gustaba contar cómo, cuando fue con Jorge de la Vega a entregar un cuadro para un concurso, se impactó por la diferencia entre su nivel y el de su amigo, y decidió que la pintura no era lo suyo. Pero su capacidad para el dibujo, la precisión en la línea, la rapidez con la que plasmaba sus imágenes —como si la obra estuviera ya definida totalmente cuando dibujaba las primeras perspectivas, en el momento en que tenía la idea en la cabeza— son características importantes en la forma de concebir sus obras.

Otra particularidad también significativa tiene que ver con su capacidad, desde el inicio de la proyectación, para definir los materiales con los que trabajaba y los detalles constructivos.

Dos etapas en su formación fueron determinantes de esa actitud frente al hecho creativo. Por una parte, las clases de carpintería en el Liceo. Mario siempre reivindicó esa experiencia: cómo tenían que pensar la pieza, después dibujarla con precisión, luego trabajar la madera con sus manos y utilizar las herramientas. Por otra parte, en Tucumán, siendo aún estudiante, vivió una larga experiencia en el obrador de Ciudad Hospital en Orcomolle —como integrante del equipo dirigido por el arq, Traine— pasando sin solución de continuidad de la idea al dibujo y del dibujo a la realidad; conviviendo con los materiales y los obreros, en una relación total; participando en los problemas y soluciones, compartiendo experiencias, empanadas y vino.

Ese talante es el mismo con el que, con su socio y amigo Raúl Rivarola, pasó largas horas en Leandro N. Alem, pequeño pueblo en la provincia de Misiones. Allí enseñaban geometría descriptiva a los obreros para que pudieran entender los planos minuciosamente detallados del encofrado del techo de hormigón que, con sus curvas, semejaba la estructura de un barco y que había dibujado en el estudio, pulcra y meticulosamente, Carlitos Laprovittola.

Su mente, que volaba con la imaginación, sin embargo estaba muy unida a la tierra, al material, a sus manos. Gustaba de trabajar varillas —“palitos”, como los llamaba—, varillas de mando como las de los generales ingleses: las lijaba, las tallaba con sus inseparables navajas, las pintaba o les ponía una cuerda atada con esos nudos marineros que usaba para tantas cosas, las transmutaba.

Su manera de proyectar estaba profundamente ligada a ese hacer. Esa actitud concreta, telúrica, quizás estaba relacionada con su experiencia en la primera infancia en Ribadeo, Galicia, en las lindes con Asturias, al lado del mar, en medio de las vacas, el trabajo de la tierra y el semanal amasado y horneado del pan, cuando su familia pasó un año en la casa de los abuelos.

 

Fuerza y ternura

 

Una mezcla de fuerza y ternura expresaba su personalidad en las obras. Por un lado, la rotundidad de la solución general; por el otro, la aproximación al usuario como individuo en el diseño de aquello que estaba al alcance de la mano.

Esa ternura en relación con los seres humanos, el pensar en cómo se vivían los espacios —el sujeto sentado tomando vino, las reuniones alrededor de una mesa, el mirar por una ventana la puesta de sol— eran temas que tenía en cuenta a la hora de proyectar.

Buscaba la riqueza espacial a través de elementos tan puramente arquitectónicos como el manejo de los volúmenes, las proporciones y la luz, con el apoyo de la geometría, de la proporción raíz de dos, y de una fruición por los trazados de la que nos queda testimonio, entre otros, en el diseño de la torre de circulaciones del Instituto de Previsión Social de Misiones.

Lograba la proporción íntima, la escala humana, el espacio dentro de otro espacio, a través del diseño de elementos fijos de equipamiento, que podemos encontrar en todas las obras.

 

El estudio

 

El ambiente y el clima humano del estudio eran especiales. No puedo olvidar las mateadas mientras se dibujaba, sobre todo en la época en que participó también el "Pibe" Traine ( con quien Pussy y Mario habían trabajado en el Ministerio de Sanidad y a quien Mario había seguido en la experiencia tucumana ) que ponía un banco bajo, de paja, como los que usábamos todos,( porque en el estudio no había mesas altas), al lado de su mesa, con la pava y el mate.   

Pasábamos días y noches trabajando, y cuando hacíamos concursos, el equipo había llegado a una compenetración tan grande, que se gritaban de una mesa a otra los cambios que se iban haciendo en plantas, fachadas o secciones, para que los demás adaptaran coherentemente sus planos.

Mario era profundamente sistemático en su forma de trabajo. El análisis de los requerimientos del proyecto lo hacía, al igual que su socio Rivarola, en forma exhaustiva. Acostumbraba bosquejar esquemas que les permitían, a priori, dominar tanto en planta como en volumen los requerimientos dimensionales de las distintas zonas. Se planteaban varias propuestas, a partir del análisis de las cuales se elegía una, o resultaban ser la base racional para la idea que luego surgía, en forma casi espontánea, como definitiva. La solución se manifestaba con imágenes netas, que Mario vertía en sus “corbusiómetros”, libretas apaisadas similares a las utilizadas por Le Corbusier.

En sus primeros dibujos aparecía siempre expresada la volumetría que se definía a través de perspectivas y que, sintéticamente, mostraban la inserción en el lugar y de las  secciones en las que se expresaba la propuesta espacial, así como, ya en esa etapa inicial, aparecían otros que mostraban materiales y encuentros también en forma de perspectiva y secciones.

Las obras se diseñaban hasta el último detalle. Quizás el factor tiempo era fundamental para ello. En la documentación del Instituto de Previsión Social de Misiones trabajaron unas nueve personas durante nueve meses, sin contar los especialistas en instalaciones y mediciones. Esa forma de trabajo, cuando todavía se dibujaba con los rotring y se borraba con gilette permitía los tiempos necesarios para que el arquitecto pensara detalladamente su obra. El estudio de Pussy (Rivarola ) y Mario era un buen exponente de aquella época, expresaba con su arquitectura una manera de hacer que luego fue barrida por el devenir de nuevos medios y métodos de proyectación.

Mario entendía la documentación de obra como una comunicación con quien construía, ese era un concepto siempre presente en sus planos y del que hablaba habitualmente. Dibujaba los detalles a mano alzada en escala 1:1 o 1:5. También daba mucha importancia a la manera de acotar, haciéndolo dentro de los planos en forma  muy clara para que pudiera ser entendida sin dificultades por los encargados de obra.

En Coruña se ha encontrado entre sus trabajos, una maqueta de la propia documentación de obra para el proyecto de la fábrica de jabones La Toja en la que él, a mano levantada, había dibujado sucintamente todos los planos de la documentación: generales , de detalles y de instalaciones que —en forma de cuadernillo pequeño en formato 10 x 10 cm.— definía con claridad el trabajo que se debía desarrollar.

 

 

 

 

Ruptura y llegada a Coruña

 

El creciente compromiso de Mario en el plano político lo llevó a privilegiar esas actividades y a relativizar la importancia de su actividad profesional que hasta entonces había sido el eje fundamental de su vida. Esa nueva forma de priorizar provoca la separación de Rivarola a fines de 1969. Un año después, Mario decide vender su casa- estudio e inicia una vida alejada de la arquitectura, volcado en ese compromiso.

Es interesante observar cómo, todavía en 1967 (fecha de la que datan el “corbusiómetro” dedicado al concurso internacional para el Ayuntamiento de Ámsterdam, y una carpeta DIN A3 cubierta de perspectivas para ese proyecto) se volcaba totalmente en sus propuestas. Esto se  ve tanto a través de la fuerza del trazo y los colores con que expresaba la idea como en la forma en que algunos dibujos mostraban aspectos del ambiente en el que ésta se insertaba.

Para Mario, la arquitectura no era una profesión en el sentido de ocupación especializada: era un sentido de vida. Su decisión de dejar esa práctica y dedicarse totalmente a la acción político-revolucionaria implica un vuelco total, algo muy profundo, fruto quizás de considerar que no se podía hacer más arquitectura si antes no se producía un cambio radical en el plano social y político.

Después de una experiencia que lo lleva a pasar algo más de un año en la cárcel , y luego de un periplo por diversos países de Latinoamérica y un periodo en Buenos Aires, parte para Europa a fines de 1974.

Luego de una corta estancia en París y Madrid, retoma su profesión en Coruña de la mano de un amigo de la época de Tucumán, Jesús Bermejo, el gran apoyo que tuvimos desde el mismo momento de nuestra llegada a España, quien le ofrece trabajo en la consultora que desarrollaba los proyectos para Autopistas del Atlántico.

Es interesante ver su primer proyecto después del corte profesional. La eclosión de esa propuesta para un club, planteada con una sensibilidad enorme hacia el territorio en que estaba inserto (una isla frente a la playa de Mera, cercana a la ciudad de Coruña), la sensibilidad con que están dibujadas las piedras y los profusos dibujos de personas en distintas situaciones disfrutando el espacio y el paisaje, nos muestran que el arquitecto Soto, aunque dormido, seguía anidando en su espíritu.

Toda adaptación a otro medio, aunque se crea  que se van a recuperar las raíces, es difícil. Mario trató de comprender el territorio de Galicia y su arquitectura, a partir de una serie de dibujos minuciosos en los que analizaba los elementos arquitectónicos, cuerpos adosados, gruesos muros, tejados, y otros elementos, típicos de la construcción tradicional. Reformuló todos estos elementos en su primer trabajo para la Autopista del Atlántico, la estación de peaje en Rande.

Era sensible al color, al clima, a los materiales del lugar, y también buscó en un proyecto de vivienda rescatar la tradición de la piedra, con una postulación del uso del hormigón ciclópeo como reinterpretación de la arquitectura vernácula.

 

 

Docencia

 

Mario fue Jefe de Taller en Buenos Aires, por iniciativa de los alumnos que promovieron su nombramiento, cuando el arq. Vladimiro Acosta abandonó la docencia.  Quienes vivimos esa época no podemos dejar de recordar al alumno Juan Carlos López, entonces colaborador de Winograd, militante de un partido de la izquierda, cuyo verbo encandilaba en las asambleas, quien, creo recordar, acompañado por “el gordo Kupper”, otro inolvidable personaje de la época, asiduo en una época posterior del estudio, fue a verlo como vocero de esa propuesta. Por entonces, Mario era adjunto en el taller * de Manolo Borthagaray, uno de los protagonistas del gran cambio que durante esos años se produjo en la docencia de proyectos, taller que aglutinó a su alrededor un equipo de excelentes arquitectos de su generación.

Su conciencia de la íntima relación de lo social y de lo político con la arquitectura se manifestó claramente al formar el suyo: llamó a concurso con un documento que definía claramente esa postura: quienes se presentaban debían aceptarlo como base para la docencia. Así  aglutinó un grupo de muy buenos profesores que dejaron los talleres en los que impartían clases para sumarse a esa experiencia.

 

En ese momento se inscribieron unos seiscientos estudiantes. Se hacían  largas reuniones con los cinco adjuntos para definir los temas a desarrollar y aunar criterios, y otras cual asamblea en la que se discutían los problemas con los más de treinta docentes de la cátedra.

También fue profesor en La Plata, adonde íbamos en tren por la mañana —corriendo para no perder el de las ocho, después de haber cenado con colegas y alumnos en Angiola, al salir de clase casi a media noche—, y de donde volvíamos almorzando en el tren; allí se prolongaba el diálogo con los colegas.

 

Eran años de gran inquietud. Los alumnos se preguntaban para qué la arquitectura, si podía de algún modo o no tener influencia en los movimientos sociales, si hacer arquitectura o la revolución. Pero eso no impedía el entusiasmo disciplinar con que se desarrollaban los proyectos en el taller en el que se trabajaba a todas las escalas. La presencia de Marcos Winograd ( arq. Urbanista que había obtenido mención en algún concurso internacional y colaboraba también en el taller de Manolo) y de Paco García Vázquez ( también arq. Urbanista y profesor de Urbanismo en la Facultad ) en los últimos cursos dejaba en manos expertas el encauzamiento de los temas de gran escala y de escala urbana. Naldo Leiro ( miembro de la casa Stilka de diseño) en cuarto curso, Juan Molina y Vedia (que durante el congreso de Cuba había presentado con Vivanco la propuesta local y era adjunto en ese momento de Rivarola) en tercero y Rodolfo Livingston (que por entonces ya había estado también trabajando en Cuba) en segundo, completaban el plantel de adjuntos. Los temas eran coherentes con esas ideas, tenían que ver con las necesidades humanas elementales y profundas.

 

Cuando Mario llegó a Coruña, fue invitado por el Director de la Escuela de Arquitectura, José Antonio Franco Taboada, para impartir docencia en el área de Proyectos Arquitectónicos.

Hoy, sus alumnos de esos años —algunos actualmente docentes de la Escuela— recuerdan a Mario como un profesor distinto, comprometido. Eso calaba en una minoría politizada que conectaba muy bien con él, y a partir de ese entendimiento podía asumirlo como un maestro que los abría al conocimiento de la arquitectura. La empatía ideológica, el respeto por sus obras y el referente de Le Corbusier como maestro, habían sido las bases de su comunicación con los alumnos en Buenos Aires. Sin embargo, en Coruña, en aquel momento, salvo en una minoría, la apatía política era total y el referente arquitectónico eran las obras de Rossi, cuyo lenguaje se multiplicaba en los ejercicios de los alumnos. Ellos todavía, a veintidós años de su muerte, lo recuerdan con respeto, con la convicción de su saber; Mario Soto es un referente en la evocación de esos años, pero reconocen no haber podido absorber cabalmente su mensaje.**

Este recuerdo, que corresponde al primer o segundo año de su docencia, y en el curso de Elementos de Composición, de segundo curso, se complementa con otro de un alumno suyo en quinto y del último año de docencia de Mario antes de su desaparición. Al hablar, evoca a Mario como un profesor que le dejó impronta, que se caracterizaba por la generosidad en la transmisión de conocimientos y que les enseñaba su propia obra, el colegio para paralíticos cerebrales, que se estaba construyendo en ese momento, en las distintas etapas explicando soluciones y motivaciones. Recuerda que daba importancia a la definición de objetivos antes de comenzar a dibujar: que se plantearan todos los condicionantes: climáticos, volumétricos, de uso… y el que todo eso que se planteaba se debía conseguir sin hacer concesiones a una posible solución, que, aunque atrayente, no diera respuesta a ellos. En su docencia no daba soluciones sino preguntaba el por qué de las cosas, recomendaba bibliografía, y aceptaba los distintos estilos o tendencias de los alumnos siempre que no traicionaran la idea primera.***

 

 

El fin

 

En setiembre de 1982, durante unas jornadas sobre el Plan de Estudios en la Escuela de la que entonces era Secretario Académico, se le manifiesta una leucemia que lo lleva a la muerte indirectamente, por la acción del tratamiento sobre su organismo, en un mes intenso, cuando estaba aislado en una habitación del hospital.

Permanece en mi memoria y me provoca aún emoción, el afecto con que tantos y tantos estudiantes y profesores se volcaron a donar su sangre, porque se temía que fuera urgente una posible transfusión, cuando se desencadenó su enfermedad y se internó en la Residencia Juan Canalejo de Coruña.

 

El día que recibió la noticia del diagnóstico, se sentó de inmediato a trabajar para dejar las cosas resueltas antes de internarse. Luego, desde el hospital, poco antes de morir, mandó a la Escuela su idea sobre cómo encarar  los cursos de Proyectos, desarrollando durante el último trimestre de cada año, a la escala de las posibilidades de los alumnos, un tema a nivel de proyecto de ejecución.

 

1983- Boletín del COAG

 

Para terminar, quisiera transcribir unos párrafos que me pidieron para el Boletín del Colegio de Arquitectos de Galicia, que se publicó poco tiempo después de la muerte de Mario. En ese entonces lo dirigía Pedro de Llano, hoy catedrático del Departamento de Teoría y Expresión Gráfica de la ETSA.****

 

“No es nada fácil para mí esbozar una semblanza de Mario que no sea el entrecruzamiento de innumerables imágenes y recuerdos.

Mario tenía una actitud ética ligada a una ideología a la que no traicionó nunca por conveniencias. Tenía esa su mezcla de pasión, de entregarse sin miedo y sin límites y al mismo tiempo una actitud profundamente metódica y meticulosa que caracterizaba su actuación en todos los campos.

Tenía como nostalgia de su pasado ancestral gallego, se quiso entregar a esta Galicia que le traía recuerdos de infancia, de las luces de Castropol, de aquel hermano de su padre que tocaba la gaita y pintaba recuerdos de la ría. Pero esa nostalgia no le entregaba las llaves de la inserción, lo ligaba a los dólmenes y las piedras, al paisaje y la niebla, pero no a la problemática, al código de comunicación del gallego de hoy ni en el plano cultural, ni en el político, ni en el de la problemática arquitectónica. Por eso es difícil acá en Galicia querer explicar o transmitir el papel que jugó en la Argentina, donde de algún modo aglutinó o condensó en un momento dado todo un proceso ideológico cultural en la Universidad, la comunicación que estableció con los alumnos y el nivel que había tenido en el plano del quehacer profesional así como su inserción en el difícil proceso político que vivió su país.

Su rol en esta tierra fue mucho más individual, tratando de dar su mensaje en su lenguaje arquitectónico.

 

La muerte truncó demasiado pronto y bruscamente esta historia que quedó sin final cuando recién comenzaba.”

 

Myriam Goluboff

 

 

*  Los talleres eran verticales con adjuntos responsables en cada curso

** Conversación con los arq. Ventura y Rosales, profesores de la ETSA

     ***Conversación con el arq. Alarcón Canizo

     **** ETSA : Escuela Técnica Superior de Arquitectura